Primer Domingo de Adviento

Las lecturas del Adviento están repletas de esperanza hasta la segunda venida de Nuestro Señor. El siempre será victorioso sobre el mal en el mundo y el mal que a veces encontramos en nosotros mismos.

Somos llamados a ser un pueblo con esperanza. No es que nos quedemos simplemente imaginando un mundo mejor o el ser una persona diferente a la que somos ahora. La verdadera esperanza es una fuerza que nos impulsa a hacer algo porque creemos que las cosas no tienen que continuar así como son. Podemos ser mejores y tenemos la capacidad de mejorar nuestro mundo. No tenemos temores de entregar la vida por amor a ejemplo de nuestro Señor porque creemos que esta vida terrenal que conocemos es solo el comienzo de la vida eterna. En otras palabras, nuestra esperanza viene de nuestra experiencia del Señor resucitado que está con nosotros mientras esperamos su regreso final.

Somos llamados a ser un pueblo vigilante. Vigilar quiere decir que tengamos los ojos abiertos a ver y sentir los signos, los impulsos sagrados, que indican la llamada del Señor en nuestras vidas cotidianas. Es abrir los ojos del corazón para ver la presencia del Señor en los que sufren; los que viven en soledad; los que no tienen voz ante la opresión o discriminación sin poder defender sus derechos humanos, etc. Vigilar significa quitar la vista de uno mismo para enfocar en el prójimo y sus necesidades y así realizar la visión de la persona que queremos ser.

El Señor es victorioso sobre el mal aunque a veces no nos parece así cuando miramos las noticias o cuando miramos nuestros propios pecados. La ansiedad a veces nos atrapa. La ira que surge en nuestros corazones tiene que ser justificada más no destructiva. Siempre estamos tentados de convertir nuestra ira en respuesta violenta en vez de algo constructiva: es un desafío que asumimos porque sabemos que la maldad nunca se vence con más maldad. El Señor se introduce en nuestra historia de nuevo por medio de nosotros mismos no para destruir sino para perdonar, sanar, renovar. Cuando estamos llenos de esperanza y somos vigilantes, Él nos enseña el camino y nos da su fuerza para dar su testimonio hasta el tiempo final de nuestra salvación.

Por Padre Joseph Jablonski, MSC

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