5º Domingo del Tiempo Ordinario

Hay ocasiones en que consideramos la gloria de Dios y nos sentimos tan insignificantes e indignos ante su majestad. Puede ser un momento de asombro al ver un cielo lleno de estrellas en la noche o de asombro ante el poder absoluto detrás de una erupción volcánica. O podría ser el asombro que sentimos cuando vemos las acciones sagradas y divinas de las personas que se acercan a las personas necesitadas, tal como: personal de emergencia, voluntarios que trabajan entre los pobres, médicos y enfermeras que trabajan en hospitales infantiles, o Religiosos y laicos que llegan a los migrantes.

Dios no quiere que nos quedemos en el temor de nuestra indignidad. Su amor nos perdona y nos purifica. Con Jeremías, queremos decir, “aquí estoy, envíame”. Con San Pablo, queremos decir, “por la gracia de Dios, soy lo que soy”. Con Simón y los apóstoles, queremos dejarlo todo y seguirlo.

El aspecto más asombroso de Dios es que Dios cree en nosotros su pueblo. Cuando dejamos ir nuestros sentimientos de inutilidad y falta de importancia, permitimos que Dios haga grandes cosas en nosotros. Dios cree en cada uno de nosotros a pesar de lo que vemos como nuestras limitaciones y fracasos. Jesús nunca se rindió con Simón Pedro o Saulo (Pablo), y él no se rendirá ante nosotros.

Por Padre Joseph Jablonski, MSC

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